15.11.09

Camus II

Al final, sólo recuerdo que desde la calle y a través de las salas y de los estrados, mientras el
abogado seguía hablando, oí sonar la corneta de un vendedor de helados. Fui asaltado por los
recuerdos de una vida que ya no me pertenecía más, pero en la que había encontrado las más
pobres y las más firmes de mis alegrías: los olores de verano, el barrio que amaba, un cierto cielo
de la tarde, la risa y los vestidos de María. Me subió entonces a la garganta toda la inutilidad de lo
que estaba haciendo en ese lugar, y no tuve sino una urgencia: que terminaran cuanto antes para
volver a la celda a dormir.


***


En cuanto salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. Creo que
dormí porque me desperté con las estrellas sobre el rostro. Los ruidos del campo subían hasta mí.
Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz de este verano
adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche,
aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre
indiferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. Me pareció que
comprendía por qué, al final de su vida, había tenido un «novio», por qué había jugado a comenzar
otra vez. Allá, allá también, en torno de ese asilo en el que las vidas se extinguían, la noche era
como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y
pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho de llorar por ella. Y yo también me sentía
pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de
esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a
la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin,
comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me
sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y
que me reciban con gritos de odio.


El extranjero (1942)

7.10.09

Galeano

" El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna.

Hace medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles: 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos. Ahora, los once jugadores se pasan todo el partido colgados del travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para hacerlos.


El entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la red puede parecer misterio o locura, pero hay que tener en cuenta que el milagro se da poco.


El gol, aunque sea un golecito, resulta siempre gooooooooooooooooooooooool en la garganta de los relatores de radio, un do de pecho capaz de dejar a Caruso mudo para siempre, y la multitud delira y el estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al aire.


(...)


El arbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.

Los Jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Solo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón s persigna antes de entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge.

Su trabajo consiste en hacerse odiar. Unica unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamas lo aplauden.

Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro esta obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia se le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo todo el público recuerda su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.

A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si el no existiera. Cuanto más lo odian, mas lo necesitan.

Durante más de un siglo el árbitro se vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores. "


El fútbol a sol y sombra (1995)

26.9.09

Camus

Me costó levantarme porque la jornada de ayer me había cansado. Mientras me afeitaba me pregunté qué podía hacer y resolví ir a bañarme. Tomé el tranvía para ir al establecimiento de baños del puerto. Allí me zambullí en la entrada. Había muchos jóvenes. En el agua encontré a María Cardona, antigua dactilógrafa de mi oficina, a la que había deseado en otro tiempo. Creo que ella también. Pero se había marchado poco después y no tuvimos ocasión. La ayudé a subir a una balsa y rocé sus senos en ese movimiento. Yo estaba todavía en el agua cuando ella ya se había colocado boca abajo sobre la balsa. Se volvió hacia mí. Tenía los cabellos sobre los ojos y reía. Me icé a su lado sobre la balsa. El tiempo estaba espléndido y, como bromeando, dejé ir la cabeza hacia atrás y la posé sobre su vientre. No dijo nada y quedé así. Me daba en los ojos todo el cielo, azul y dorado. Bajo la nuca sentía latir suavemente el vientre de María. Nos quedamos largo rato sobre la balsa, medio dormidos. Cuando el sol estuvo demasiado fuerte se zambulló y la seguí. La alcancé, pasé la mano alrededor de su cintura y nadamos juntos. Ella reía siempre. En el muelle mientras nos secábamos me dijo: «Soy más morena que tú.» Le pregunté si quería ir al cine esa noche. Volvió a reír y me dijo que quería ver una película de Fernandel. Cuando nos hubimos vestido pareció muy asombrada al verme con corbata negra y me preguntó si estaba de luto. Le dije que mamá había muerto. Como quisiera saber cuándo, respondí: «Ayer.» Se estremeció un poco, pero no dijo nada. Estuve a punto de decirle que no era mi culpa, pero me detuve porque pensé que ya lo había dicho a mi patrón. Todo esto no significaba nada. De todos modos uno siempre es un poco culpable.


El extranjero (1942)

17.9.09

Cortázar

" -Es raro -dijo Ronald-. De todos modos sería estúpido negar una realidad, aunque no sepamos qué es. El eje del sube y baja, digamos. ¿Cómo puede ser que ese eje no haya servido todavía para entender lo que pasa en las puntas? Desde el hombre de Neanderthal...

-Estás usando palabras -dijo Oliveira, apoyándose mejor en Etienne-. Les encanta que uno las saque del ropero y las haga dar vueltas por la pieza. Realidad, hombre de Neanderthal, miralas cómo juegan, cómo se nos meten por las orejas y se tiran por los toboganes.

-Es cierto -dijo hoscamente Etienne-. Por eso prefiero mis pigmentos, estoy más seguro.

-¿Seguro de qué?

-De su efecto.

-En todo caso de su efecto en vos, pero no en la portera de Ronald. Tus colores no son más seguros que mis palabras, viejo.

-Por lo menos mis colores no pretenden explicar nada.

-¿Y vos te conformás con que no haya una explicación?

-No -dijo Etienne-, pero al mismo tiempo hago cosas que me quitan un poco el mal gusto del vacío. Y ésa es en el fondo la mejor definición del homo sapiens.


***


El desorden triunfaba y corría por los cuartos con el pelo colgando en mechones astrosos, los ojos de vidrio, las manos llenas de barajas que no casaban, mensajes donde faltaban las firmas y los encabezamientos, y sobre las mesas se enfriaban platos de sopa, el suelo estaba lleno de pantalones tirados, de manzanas podridas, de vendas manchadas. Y todo eso de golpe crecía y era una música atroz, era más que el silencio afelpado de las casas en orden de sus parientes intachables, en mitad de la confusión donde el pasado era incapaz de encontrar un botón de camisa y el presente se afeitaba con pedazos de vidrio a falta de una navaja enterrada en alguna maceta, en mitad de un tiempo que se abría como una veleta a cualquier viento, un hombre respiraba hasta no poder más, se sentía vivir hasta el delirio en el acto mismo de contemplar la confusión que lo rodeaba y preguntarse si algo de eso tenía sentido. Todo desorden se justificaba si tendía a salir de sí mismo, por la locura se podía acaso llegar a una razón que no fuera esa razón cuya falencia es la locura. "Ir del desorden al orden", pensó Oliveira. "Sí, ¿pero qué orden puede ser ése que no parezca el más nefando, el más terrible, el más insanable de los desórdenes? El orden de los dioses se llama ciclón o leucemia, el orden del poeta se llama antimateria, espacio duro, flores de labios temblorosos, realmente qué sbornia tengo, madre mía, hay que irse a la cama en seguida." Y la Maga estaba llorando, Guy había desaparecido, Etienne se iba detrás de Perico, y Gregorovius, Wong y Ronald miraban un disco que giraba lentamente, treinta y tres revoluciones y media por minuto, ni una más ni una menos, y en esas revoluciones Oscar's Blues, claro que por el mismo Oscar al piano, un tal Oscar Peterson, un tal pianista con algo de tigre y felpa, un tal pianista triste y gordo, un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya, en fin, literatura. "


Rayuela (1963)

Quiroga

"Al calor quemante que crecía sin cesar desde tres días atrás agregábase ahora el sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no se sentía un soplo de viento. El aire le faltaba, con la angustia cardíaca que no permitía concluir la respiración.

Míster Jones se convenció de que había traspasado su límite de resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido de la carótida. Sentíase en el aire, como si dentro de la cabeza le empujaran el cráneo hacia arriba. Se mareaba mirando el pasto. Apresuró la marcha para acabar con eso de una vez... Y de pronto volvió en sí y se halló en distinto paraje; había caminado media cuadra sin darse cuenta de nada. Miró atrás y la cabeza se le fue en un nuevo vértigo.

Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua afuera. A veces, asfixiados, deteníanse en la sombra de un espartillo; se sentaban precipitando su jadeo, pero volvían al tormento del sol. Al fin, como la casa estaba tan próxima, apuraron el trote.

Fue en ese momento cuando Old, que iba adelante, vio tras el alambrado de la chacra a míster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia ellos. El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza a su patrón y confrontó.
- ¡La Muerte, la Muerte! - aulló.
Los otros lo habían visto también, y ladraban erizados. Vieron que míster Jones atravesaba el alambrado, y un instante creyeron que se iba a equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con sus ojos celestes, y marchó adelante.
- ¡Que no camine ligero el patrón! - exclamó Prince.
- ¡Va a tropezar con él! - aullaron todos.

En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no directamente sobre ellos, como antes, sino en línea oblicua y en apariencia errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de míster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo concluía, porque su patrón continuaba caminando a igual paso como un autómata, sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Los perros hundieron el rabo y corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo y el encuentro se produjo. Míster Jones giró sobre sí mismo y se desplomó."


Cuentos de amor de locura y de muerte (1954)

16.9.09

Caparrós

"En Goya las puertas de las grandes casas antiguas están abiertas. Dan a un pasillo ancho de cuatro o cinco metros que termina en otra pierta -cerrada pero sin llave- que abre sobre el patio; en el medio está el aljibe, alrededor los cuartos.

-Yo en Buenos Aires estaba preocupado por el cero kilómetro y tenía la presión alta, una úlcera. Y mirá ahora, cómo ando.
Me dice un porteño reconvertido, y me muestra su bicicleta entre las piernas.
-Esto es pura tranquilidad, un paraíso.
Después a lo largo de siete u ocho cuadras, seis personas me dijeron lo mismo. Lo bueno del paraíso es que puede tener formas tan variadas.


***


El cuidado del cuerpo está hecho de simular desplazamientos que no te llevan a ninguna parte - cinta, remos, bicicletas de gimnasio. Y los desplazamientos verdaderos simulan no implicar al cuerpo. Horas y horas sentado, el asiento del Erre.

Y de pronto estoy alto, sierra subtropical recorrida por nubes. De pronto todo es nube: Cuesta del Portezuelo, no se ve a cinco metros. Tanta majestad - y no se ve.

A veces la belleza es suponerla. "


El interior (2006)

Casona

"Mauricio. - ¿Qué tal la pequeña enemiga?

Abuela. (bajando) - Deliciosa de verdad. Sabes elegir, ¿eh? Dos cosas tiene que me encantan

Mauricio. - ¿Dos nada más? Primera.

Abuela. - La primera esa manera tan natural de hablar el castellano. ¿No era inglesa la familia?

Mauricio. - Te diré; los padres, sí, eran ingleses; pero el abuelo... un abuelo era español.

Balboa. (apresurándose a aceptar la justificación) - Claro, así se explica: es el idioma de la infancia, el de los cuentos...

Abuela. - Qué infancia ni qué cuentos. Para una mujer enamorada el verdadero idioma es siempre el del marido. Eso es lo que a mí me gusta.

Mauricio. - Bien dicho. ¿Y la otra cosa?

Abuela. - La otra, ni tú mismo te habrás dado cuenta. Es algo que tienen muy pocas mujeres: tiene la mirada más linda que los ojos. ¿Te habías fijado? "


Los árboles mueren de pie (1964)

15.9.09

García Márquez

"Entonces sentí algo frío a mis espaldas, volví a mirar y no vi sino la pared de madera seca y agrietada. Pero fue como si alguien me hubiera dicho desde la pared: 'No muevas las piernas, que el hombre que está en la cama es el doctor y está muerto'. Y cuando miré hacia la cama, ya no lo vi como antes... Ya no lo vi acostado sino muerto.
Desde entonces, por mucho que me esfuerce por no mirarlo, siento como si alguien me sujetara la cara hacia ese lado. Y aunque haga esfuerzos por mirar hacia otros lugares de la habitación, lo veo de todos modos, en cualquier parte, con los ojos desorbitados y la cara verde y muerta en la oscuridad"

La hojarasca (1969)

Borges

"A diferencia de Newton y Shopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de de esos ejemplos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma (...) El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo."

Ficciones (1941)